Hace mucho tiempo, hubo un hombre que dio sus bienes a sus siervos. A uno le dio 5 talentos, a otro 2 y a otro 1 talento. A cada uno le dio según sus capacidades.

El que había recibido 5 talentos negoció con ellos e hizo crecer otros 5, quedándose con 10 en total. El que recibió 2 talentos negoció con ellos y alcanzó los 4. En cambio, el que se quedó con 1 talento lo escondió bajo tierra.

Cuando pasó mucho tiempo, llegó el señor de aquellos siervos y arreglaron cuentas. Llegó el de los 5 talentos y le entregó 10. El señor le dijo algo así como: «Siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, te pondré a cargo de lo mucho». Llegó el de los 2 talentos, le entregó 4 y le dijo lo mismo: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor».

Pero llega el que enterró el talento y le dice, de forma muy astuta: «Señor, como sé que eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste, me dio miedo y escondí tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo».

El señor no estuvo muy contento con la gran hazaña. Le dijo que era un negligente y un holgazán, que tenía que haber puesto el dinero a trabajar con los banqueros, y le quitó el talento para dárselo al que tenía 10.

(Creo que por aquella época las ideas del socialismo y el comunismo no habían arraigado del todo).

Podemos percatarnos de que, al hablar de la palabra talento, la podríamos traducir por su significado actual, aunque en el texto original se refiriera a una unidad monetaria de la época.

Esto nos lleva a pensar en nuestros propios dones y a preguntarnos: ¿qué hacemos con nuestros talentos? Creo que no sería honesto conmigo mismo si no me sintiese identificado a veces con el que esconde el talento. Y aquí hay un sentimiento que es clave: el miedo.

Miedo a la incertidumbre, miedo a destacar, miedo a hacer ruido, miedo a fallar, el miedo es un producto que se compra demasiado fácil, y cuando te percatas de ello, quizás sea demasiado tarde porque no has aprendido a tomar decisiones.

El talento sabe imponerse a todo; una de sus características es la indomabilidad. El talento verdadero genera una presión interna tan grande que termina rompiendo las barreras externas.

Pero el talento también lleva una carga pesada: la de la responsabilidad y un alto precio psicológico. Digamos que tiene un lado luminoso y otro oscuro.

  • El lado luminoso: Realza la capacidad creativa y la visión para destacar. Es la parte visible y admirada.

  • El lado oscuro: La envidia que esto genera, la exposición al rechazo social, la incomprensión y una presión desmedida. La tribu suele castigar al que sobresale.

Ese talento también te puede llevar a la soberbia, a creerte mejor que los demás o a la falsa creencia de que estás por encima de las reglas básicas de la vida.

La protección con la que contamos ante esto —y que no siempre te salva de los golpes— es la humildad: entender que el talento no es un mérito tuyo, sino un préstamo de la naturaleza o de Dios. Por otro lado tenemos la obediencia: no hacia la mediocridad social, sino obediencia a la propia vocación o al don. Es decir, cumplir con el deber que exige el propio talento sin endiosarse.

El querer nivelar a la totalidad del pueblo, suprimiendo la natural estructura jerárquica y diferenciada, es algo que conducirá infaliblemente a la catástrofe. Cuando la individualización propia de las personas se rebaja a una masa genérica, nace el deseo de dejarse guiar; y los guías suelen ser hombres falibles. Por encima de todo gobernante existían y existen principios simbólicos.

Aquí entro en materia: el Yo no constituye la totalidad del hombre, solo su parte consciente; es su parte inconsciente la que lo integra en una totalidad. Por eso el gobernante, al igual que el individuo, no abraza todo su sentido si no es capaz de poner su Yo al servicio de un orden espiritual y sobrehumano.

La historia que he contado más arriba es una parábola del Maestro de maestros. Probablemente la conozcas, o quizás sí y le hayas dado otro enfoque u otra percepción.

Por eso quizá escriba estos artículos: por los talentos recibidos. Noblesse oblige: porque a más talentos, mayor responsabilidad, y es preciso mostrar a la juventud en desarrollo las puertas que llevan a los diversos ámbitos de la vida y del espíritu.

Hemos despreciado nuestra cultura, o no nos la han transmitido con el suficiente vigor. Cultura significa continuidad, no un progreso arrancado de sus raíces. La cultura tiene una máxima importancia para el talento, el cual entra en contraposición con cierta inmadurez infantil que domina en algunas capas de la sociedad.

Es un orgullo ser español, pero más orgullo es ser un cristiano español.

Feliz domingo.

Fuentes: Conflictos del alma infantil Carl Gustav Jung

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