La libertad es un tema interesante; ligado a ella está nuestra capacidad como individuos para elegir. En otras ocasiones he mencionado la libertad interior que Viktor Frankl describe en su libro El hombre en busca de sentido. Él nos enseña que, incluso bajo circunstancias extremas de presión y sufrimiento, a las personas hay algo que no les pueden quitar: esa libertad íntima de poder decidir qué será de ellas, tanto mental como espiritualmente. Incluso en un campo de concentración, uno puede conservar su dignidad humana.

Aterrizando esto a las pequeñas decisiones de tu día a día, a esos pequeños desafíos que nos pueden atormentar, podemos elegir si nos atormentan o si, por el contrario, nos hacen crecer: comentarios negativos de compañeros de trabajo, tensiones en las relaciones personales, las dificultades cotidianas. Tenemos una libertad inmensa para decidir si dejamos que esos pequeños "nazis" nos afecten o si, en cambio, conservamos nuestra dignidad y construimos nuestro carácter.

No me gusta la gente que se anda quejando; trato de evitarla, y antes lo hacía inconscientemente. Mi amigo Juan Antonio los llamaba "amargators": personas que son como sanguijuelas, te chupan la energía y te quedas al mínimo. Hay motivos para quejarse que son serios, y no hablo de eso, pero la queja no suele construir, sobre todo porque con ella se suelen evadir responsabilidades y buscar culpables fuera de uno mismo.

Una historia que me impactó fue la de Nicole Contos, una novia que llegó a la iglesia en un hermoso Rolls-Royce. Todo estaba listo para la boda: el arzobispo, los invitados, la ceremonia. Pero en el último momento, el padrino le informó de que el novio no vendría. Imagínate el dolor en esa situación. Aun así, la familia decidió seguir con la celebración y, arropando a Nicole, le preguntaron qué quería hacer ella. Nicole, en un acto de gran valor, se puso un vestido negro y bailó sola la canción "I Will Survive".

Esta semana he colgado un cuadro en casa, un fragmento de la pintura de Miguel Ángel de la Capilla Sixtina. Nunca he sido muy hábil con el arte, pero me gusta lo que expresa. Es la parte en la que el dedo de Dios sale casi tocando el dedo de Adán. Entre ambos dedos queda un hueco, un espacio, y ese espacio es la libertad. La vida viene dada, pero tú eliges qué hacer con ella.

"Si quieres cambiar el mundo, empieza por ti

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