La vida está llena de leyes. Es una realidad. Da igual que no te gusten, da igual que no hayan sido aprobadas democráticamente. Con el nivel que tenemos en política, no me extrañaría que de aquí a poco votaran que la velocidad de la luz es injusta para los demás elementos físicos.
Cuando carecemos de una moral sólida y no hemos sabido cultivar las virtudes, cualquier cosa que parezca íntegra la aceptamos como doctrina y acabamos luchando por medias verdades a capa y espada.
A la historia de la que hablaba la semana pasada me faltó añadir algo. No podría decir que lo hice a propósito, pero me viene bien para hoy: a la persona que recibió un talento y no lo utilizó, se le quitó y se le dio al que tenía diez.
Maravilloso.
A los amantes del socialismo quizá les estén rechinando los dientes. Espero que tengan fuerza de voluntad para leer hasta el final.
Úsalo o piérdelo —use it or lose it. Es una idea bastante común cuando hablamos de aprendizaje y capacidades: aquello que no ejercitamos tiende a debilitarse. Y algo parecido ocurre con las virtudes. Una persona, por muchas capacidades que tenga de nacimiento, si no las cultiva, termina perdiéndolas.
Si no usaste el talento, lo pierdes. Simple y sencillo.
¿Te parece injusto? No me importa: es una realidad. ¿No te gusta? La realidad no está hecha para que te guste.
Soy firme defensor de la empresa privada y creo que es uno de los mejores entornos para desarrollarte como ser humano y poner a prueba tus capacidades, incluso algunas que desconocías que tenías. La empresa privada es uno de los lugares más cercanos que tenemos para estar en contacto permanente con la realidad.
A veces esa realidad escuece, pero no deja de ser la realidad.
Es una pena que algunos de los líderes que deberían fomentar este desarrollo del individuo promuevan políticas de sobreprotección. Es algo parecido a malcriar a un hijo: puedes intentar protegerlo constantemente de las consecuencias, pero llegará un momento en que chocará con la realidad. Y cuando descubra que el mundo no era como le habían contado, el golpe será mucho mayor.
Es entonces cuando tienes dos caminos.
El primero es armarte de valor y luchar, porque la vida es milicia, querido lector. Da igual la época en la que vivas: si no son unos problemas, serán otros. Puedes aceptar la realidad, reconocer e integrar tu sombra —como diría Jung— y descubrir qué parte de responsabilidad tienes tú en aquello que te ocurre.
El segundo camino es hacerte mártir. Convertirte en el centro de un universo sobre el que parecen llover todos los problemas. El universo quiere joderte y tú, por supuesto, no tienes nada que ver.
Yo me decanto por el primer camino.
Me decanto por cultivar mi fe para no perderla; por cultivar mi formación para no perderla; por cultivar mis relaciones personales —las que me importan, la gente que quiero tener a mi lado— para no perderlas. Me decanto por entrenar mi cuerpo para conservar sus capacidades, no por castigarlo.
Pero no desde la soberbia, sino desde el conocimiento de la propia debilidad.
En mi yo habitan dos personajes: el gordo y el flaco. Y en ocasiones se pelean. A veces tira más uno; otras veces, el otro.
Es momento de integrar un tercer personaje: el superguerrero.
Ya no el guerrero. Para los tiempos que corren, quizá la figura del guerrero se nos haya quedado corta.
Estoy viendo con mis hijos la saga de Dragon Ball y no puedo evitar hacer referencia a ella. Como este es mi espacio, hablo de lo que quiero. Y, en estos tiempos de sobreprotección, creo que verla con ellos es un ejercicio bastante sano.
El superguerrero no se queja cuando aparece un enemigo más fuerte. Se alegra, porque sabe que puede mejorar.
Encontrar a otro guerrero más fuerte que él no lo hunde: lo inspira. Le recuerda que debe seguir entrenando.
El crecimiento no nace de evitar la dificultad, sino de atravesarla.
El superguerrero entrena cuando hay momentos de paz porque sabe que debe estar preparado. Para él nunca existió el estado de bienestar, la conciliación familiar. Sabe cuidar aquello que ama, pero también sabe reconocer cuándo ha llegado el momento de luchar.
El superguerrero suele juntarse con una superguerrera.
Puede que al principio no lo sean. Puede incluso que ninguno de los dos lo sepa todavía. Pero se van haciendo fuertes juntos, porque aprenden a afrontar las dificultades. Porque saben resistir. Porque saben esperar.
Alguien me dijo alguna vez:
«Dios da sus mejores batallas a sus mejores guerreros».
Hoy te lo digo yo a ti:
No te canses de luchar.
