Hoy me toca hablar del apego.

El apego a las cosas. Ponemos el corazón en cualquier mierda.

Mi mujer me insiste muchas veces en que me deshaga de ropa. Es algo que cada vez me cuesta menos. Seguro que te pasa: prendas que no te pones, pero que te gustan, que no quieres soltar y cuesta tirar.

Tíralas. Dónalas. Deja espacio a lo nuevo.

A mí me cuesta hasta cerrar ventanas del navegador.

Cada vez soy más consciente de que tengo poco tiempo para usarlo todo, para querer hacerlo todo. Intento centrarme en lo que quiero hacer, lo hago, y después voy a por otra cosa.

Que no te confundas, soy un capitalista: por eso dejo espacio en los cajones, para cosas nuevas.

El apego externo se ve, es fácil de detectar. El interno es otra cosa. Todos nos agarramos a nuestro mapa personal de ideas, valores, criterios y principios, y con eso vamos intentando encontrar el sendero.

Las curvas del camino nos revelan nuevos paisajes y nuevos cielos.

Siempre es más cómodo seguir una pauta marcada que aventurarse en un paraje desconocido. Hay que estar dispuesto a romper moldes.

Estuve ocho años trabajando en una empresa que me pagaba bien. Ideas fijas, se ganaba dinero. Pero no podía con una cosa. La maldita frase:

«Así se ha hecho toda la vida.» ¿Quién eres tú para cambiar las cosas?

Y sin embargo, me alegro de haber aguantado.

Por suerte aguanté. Por suerte me quedé con el conjunto y no con los matices. Por suerte entendí que mi felicidad no depende de que los demás me aprecien.

Mi mundo interno creció.

El apego más hondo es el que le tenemos a la manera de vernos a nosotros mismos. Al molde que hemos ido interpretando a base de acontecimientos.

Elimina frases de tu vocabulario. «Qué pereza de vida.» «Estoy to reventao.» La vida hay que exprimirla, hay que vivirla. Cuestiona tu mundo interno, trabaja en él, sal de la comodidad, haz cosas que no sabes, déjate seducir.

La próxima semana, Dios mediante, llega mi cuarta hija. Marina.

Con 35 años, cuatro hijos. Qué gran empresa.

Nunca he esperado grandes cosas, pero en el fondo sabía que haría grandes cosas. Esta seguramente sea una de ellas.

Vaciar no es perder. Es hacer sitio.

Los cajones no se dejan vacíos por gusto. Se dejan vacíos porque algo nuevo va a llegar. Pronto nos conoceremos mi querida Marina.

Cada vez me parece más evidente que si no haces lo que hacen los demás, probablemente el camino sea el más correcto.

No tengas pereza de vivir. Vive y punto.

— Diego J.

P.D. ¿De qué te está costando a ti desprenderte? Dale a responder y me lo cuentas. Las leo todas.

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